La psicoterapeuta Shulamit Graber desafía la percepción común sobre la frustración infantil, argumentando que no es un enemigo a evitar, sino una emoción vital que enseña tolerancia y prepara a los niños para los desafíos de la vida. En una sociedad que tiende a proteger excesivamente a los pequeños de cualquier dificultad, Graber propone la exposición controlada a la frustración como una herramienta fundamental para desarrollar la resiliencia. La baja tolerancia a la frustración, que se observa en rabietas o la rápida rendición ante un obstáculo, se debe a la dificultad de los niños para regular emociones complejas. Evitarles constantemente estas experiencias les impide aprender a manejar el malestar de forma constructiva, lo que puede repercutir negativamente en su capacidad para afrontar la incertidumbre y resolver problemas en la adultez.
Para fomentar una mayor tolerancia a la frustración, la psicoterapeuta sugiere prácticas sencillas en el día a día. Primero, permitirles experimentar el aburrimiento, ya que esto estimula la imaginación y la búsqueda de soluciones propias. Segundo, la importancia de saber decir “no”. Establecer límites claros y consistentes, aunque resulte difícil, ayuda a los niños a entender que no siempre obtendrán lo que desean, brindándoles un entrenamiento emocional invaluable en un entorno seguro y afectuoso. Tercero, resistir la tentación de resolverles todos los problemas. Dejar que luchen con tareas como atarse los cordones o construir una torre, les permite desarrollar la perseverancia y la confianza en sus propias capacidades para encontrar soluciones.
La investigación científica respalda estas ideas, destacando que la autorregulación emocional se desarrolla desde la infancia y es crucial para el bienestar psicológico. Un estudio en el Annual Review of Clinical Psychology señala que una mayor capacidad de regulación se asocia con menos problemas de conducta y que, si bien el temperamento influye, el entorno y las experiencias diarias son determinantes. Así, no se trata de ignorar el sufrimiento infantil, sino de acompañarlos validando sus emociones y animándolos a persistir, construyendo así su seguridad interna y su habilidad para crecer ante la adversidad. Esto les permitirá afrontar los obstáculos de la vida con fortaleza y creatividad.